Editorial
Nuestros alumnos y alumnas, por lo general, vienen a la Universidad buscando ser formados en áreas de conocimiento que son de su gusto y en aquellas que ellos esperan tener un buen porvenir laboral.
En muchos casos el “contrato” tácito que se establece (al menos desde el lado del alumno/a y —muchas veces— su familia) es que la universidad debe otorgarle la mejor capacitación para el mercado laboral, que —ya se sabe— es duro y despiadado. Pareciera entonces que la función de la Universidad se limitara a algo así como capacitar de la mejor manera para el mercado laboral.
¿A eso se reduce la misión de la Universidad?
La misión de la Universidad no termina ahí. Si sólo se tratara de formar profesionales para el mercado laboral, estaríamos reduciendo la misión de la Universidad a la de ser una suerte de academia de adiestramiento para devolverle al mercado lo que necesita (con lo cual —francamente— estaríamos derrochando recursos y perdiendo el tiempo). Y estaríamos aceptando que, en realidad, la última palabra de la formación de las jóvenes generaciones la tiene el mercado. Y este, ya lo sabemos, busca primordialmente el mayor beneficio a menor costo; su dogma infalible es la rentabilidad, y las personas están en función de hacer andar esa maquinaria.
Sí, ya sé, me dirán que el mercado es el modo que hemos encontrado —en occidente al menos— para producir riquezas y que estas riquezas generan trabajo y luego mejores condiciones de vida. Lo cual es rigurosamente incierto, dado que la economía de mercado sigue generando pobres por doquier. Algo no funciona bien, por lo visto en ese proceso. O al razonamiento le falta incorporar otras miradas.
Y las universidades —esta en particular— justamente estamos llamadas, por misión, a ser críticas con los modelos sociales instalados y aceptados; no hay otro modo de crecer como sociedad si no es a través del planteo de paradigmas alternativos, de visiones críticas y constructivas. Por eso, el conocimiento científico que se produce en las universidades debe ayudar también a abrir nuevos horizontes más allá de los dictámenes del mercado. La misión de la Universidad es ayudarle a construir nuevos sentidos al ser humano, aportando conocimiento científico para humanizar la sociedad.
La Universidad no está llamada a ser una suerte de polo de excelencia al que acceden unos pocos para formarse para un mercado laboral cada vez más exigente, con lo cual se repite el ciclo excluyente. Michel Freyssenet —del CNR francés— afirma que “la idea de considerar la Universidad como un polo de excelencia es ridícula, escandalosa y excluyente. No son polos de excelencia lo que se necesita, sino polos de cuestionamiento capaces de poner en marcha la inteligencia, la imaginación y el trabajo de los investigadores y de los miembros de la comunidad universitaria”.
Humanismo social
Por eso, desde la UCC además de intentar brindar una formación disciplinar de muy buena calidad (con docentes altamente competentes, herramientas técnicas adecuadas, bibliografía actualizada, etcétera) les ofrecemos a nuestros alumnos y alumnas un proyecto de formación integral como personas antes que como profesionales. Las materias de formación presentes en todas las carreras (Introducción a la Filosofía, Antropología, Teología, Doctrina Social de la Iglesia y Ética Profesional) buscan ayudar a que nuestros futuros profesionales se hagan preguntas sobre el sentido de lo que estudian, sobre la centralidad de la persona humana como fin de toda disciplina científica, sobre el sentido social del conocimiento y la necesidad de compromiso por una sociedad más justa. Queremos así formar graduados y graduadas con otra densidad humana. Por poner un ejemplo claro: no creemos que sirva de nada graduar a un excelente administrador de empresas para el que luego las personas son consideradas un número, una variable, un peso a la hora de la rentabilidad. Flaco favor les hacemos a nuestros graduados y a la sociedad toda.
La formación integral que aquí ofrecemos no sólo intenta formar profesionales capaces, sino también profesionales con una conciencia social humanista. Buscamos a través de experiencias académicas vinculadas con problemas sociales (en proyectos y programas de Responsabilidad Social Universitaria), y a través de la reflexión epistemológica en algunas asignaturas (con docentes que saben plantear preguntas inquietantes), generar una conciencia distinta que pueda pensar las profesiones desde otro lugar diferente a la lógica del mercado laboral.
Un sistema que fabrica cada vez más pobres y excluidos no puede estar bien. La Universidad tiene la obligación de ponerlo en cuestión y por lo tanto, de generar conocimiento científico que proponga alternativas. Y, a su vez, debe intentar —la misma Universidad— formar otro tipo de profesionales con otra sensibilidad social y mayor compromiso con los problemas de las grandes mayorías desfavorecidas.
Resumiendo
Las universidades —y esta Universidad jesuita en particular con mayor razón—deben formar graduados técnicamente competentes, pero a su vez con una fuerte conciencia social y ética para intentar caminos diferentes de mayor equidad social.
Me dirán que es un planteo algo “utópico”. Puede ser, pero si no, ¿para qué están las universidades si no es para ayudar a pensar —y construir— una sociedad diferente? Para lo otro —para legitimar el estado injusto de cosas actual—, alcanza con enseñaderos bien equipados
