Hace más de 50 años que la pobreza es un problema “urgente” en Argentina. Desde entonces asistimos periódicamente a instalaciones mediáticas del tema por parte de diversos actores con diversos intereses. La relevancia que tiene hoy el tema de la pobreza proviene de una instalación realizada por la Conferencia Episcopal Argentina, que luego de los resultados electorales del 28 de junio difundió información con la que contaba desde comienzos de 2008 sobre el aumento de la demanda en comedores populares del conurbano bonaerense.
Es importante reconocer, sin embargo, que en esta oportunidad el debate sobre la pobreza tiene dos condimentos inéditos que lo tornan prácticamente surrealista: los actores que debatimos el tema estamos ciegos e inermes.

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Ciegos e inermes = inseguros
Quienes participamos del actual debate sobre pobreza estamos ciegos, porque las mediciones oficiales, que ya eran deficientes al momento de su diseño en 1985, fueron capturadas por el Gobierno nacional, que desde mediados de 2005, las manipula de modo tal que han dejado de tener validez. El INDEC afirma que hay un ocho por ciento de pobres, la Iglesia Católica dice que ese índice asciende al 40 por ciento, las consultoras privadas y ONG oscilan entre el 32 y el 35 por ciento y Néstor Kirchner reconoció que los pobres “deben ser el 21 ó 22 por ciento”. Todos ellos soslayando el hecho de que cada uno de esos puntos porcentuales significa 500.000 personas que sufren condiciones de vida desesperantes.
En segundo lugar, los participantes del debate estamos inermes ante la pobreza porque no podemos comprenderla y porque ninguna de las herramientas con las que contamos como sociedad nos sirven para contrarrestarla. No podemos comprenderla porque en los últimos 20 años la pobreza ha alcanzado un nivel de complejidad tan alto que ni siquiera tenemos las palabras adecuadas para nombrar la combinación explosiva que significa la interacción de la droga, la violencia como única pauta de relación entre las personas y el endurecimiento de los mecanismos de exclusión que hacen prácticamente nulas las posibilidades de ascenso social. Las herramientas que tanto el Estado benefactor como la sociedad civil organizada utilizábamos para morigerar la pobreza ya no sirven porque ni siquiera podemos nombrar los fenómenos que están ocurriendo y mucho menos aun acercarnos a los pobres en sus lugares de residencia.
Esta combinación de ceguera social e inutilidad instrumental hace que la realidad cotidiana de los pobres sea una dimensión desconocida para el resto de la sociedad, que solamente participamos de la pobreza a través de mitos y de creencias producidas por intermediarios de todo tipo (medios de comunicación, organizaciones de la sociedad civil, leyendas urbanas, etcétera). La mayoría de nosotros no sabemos lo que significa ser pobre hoy en la Argentina y, como todo fenómeno desconocido, la pobreza nos genera miedo. Esta es la única explicación posible de que el tema de la “inseguridad” sea mencionado por la sociedad no pobre como el más acuciante; simplemente porque no conocemos (y difícilmente podríamos conocer si nos lo propusiéramos) el sufrimiento de los pobres argentinos.

El rol de la clase media argentina
La distancia entre los pobres y el resto de la sociedad hace prácticamente imposible el diseño de una política integral de distribución de la riqueza y de las oportunidades de desarrollo. Existieron en el pasado de la Argentina tres esquemas de distribución de la riqueza, todos ellos en formas impuras: el liberalismo (incluida su versión neo), el populismo corporativo y el caudillismo paternalista (propio de las elites provinciales y de los gobiernos autoritarios). Aunque tienen diferencias sustanciales, estos tres esquemas de distribución comparten, al menos, dos elementos en común: han sido legitimados políticamente y administrados por la clase media, y han negado el protagonismo de los pobres como ciudadanos independientes en el pleno ejercicio de sus derechos, implementando, en el mejor de los casos, planes de gobierno “para ellos pero sin ellos”.
La clase media argentina con su histórica hipocresía ha sabido acomodarse en los tres esquemas, asegurando la protección de sus pequeños capitales, vendiendo legitimidad a cualquier tipo de ideologías y proveyendo apoyatura técnica y administrativa al gobierno de turno, siempre y cuando se perpetuaran los mecanismos políticos e institucionales que garantizan la existencia de una subclase de ciudadanos pobres que se mantuvieran en desventaja en toda clase de transacciones económicas y simbólicas.

Los dos niveles de la distribución
de la riqueza

Un verdadero esquema de redistribución de la riqueza se compone de dos niveles. En un primer nivel, de tipo estructural, se construyen instituciones políticas y económicas que representen la cultura local, se cumplen y se hacen cumplir los marcos normativos y se respeta el libre albedrío de los ciudadanos. Sobre estas bases normativas se construyen economías sanas y pautas de interacción social solidarias, en las que el Estado es un actor más, entre otros actores, que garantiza reglas de juego ecuánimes y se financia con el aporte de los que más tienen para ayudar a proveer de oportunidades a quienes menos tienen. Este nivel estructural de distribución es el resultado de las interacciones entre todos los actores de una sociedad y suele ser el reflejo de la identidad nacional.
En segundo nivel, de tipo coyuntural, los esquemas de distribución de la riqueza cuentan con “políticas públicas” o “programas sociales” que sirven para corregir en el corto plazo las distorsiones que puedan existir entre los elementos que componen el esquema distributivo estructural. Los programas sociales han sido creados como acciones puntuales para corregir de modo temporario desequilibrios que producen las crisis económicas, las guerras o las catástrofes naturales, pero nunca para ser el modo habitual de tratar las inequidades sociales.

La imposibilidad de generar una política de distribución
Los argumentos arriba expuestos explican la actual imposibilidad de generar una política nacional de redistribución de la riqueza y de las oportunidades. Cabe añadir que el modo de acumulación de poder y de confrontación que cultivan la presidenta Cristina Fernandez y Néstor Kirchner no permite ni siquiera generar las condiciones para comenzar a debatir el tema.
Los argentinos deberemos entonces conformarnos, al menos en el mediano plazo, con asistir a la implementación espasmódica de una u otra política social remediativa, de tipo coyuntural, todas ellas diseñadas para responder de modo deficiente a las sucesivas instalaciones de pretendidas “urgencias” de la pobreza.

*Secretario de Desarrollo y Asuntos Internacionales de la UCC

OPINIÓN
* POR Teodelina Zuviría

Polarización de la riqueza, y conflictos violentos

Nadie desconoce el problema que genera en el país tener altos índices de desigualdad distributiva y no contar con indicadores idóneos sobre pobreza, sin embargo no se puede concluir que el nivel de conflictividad que hoy vive nuestra sociedad sea el resultado directo de estos problemas.
Las medidas convencionales de distribución del ingreso (como el coeficiente de Gini) tienen la particularidad de medir cómo se distribuye determinada característica de una población alrededor de una media, sin prestar atención al grado en que la población se agrupa alrededor de los diferentes extremos. Sólo recientemente se ha argumentado que es el concepto de polarización económica más que el de desigualdad el que permite explicar el surgimiento de conflictos internos, pues esta medida reconoce la importancia de la densidad de frecuencia de los distintos grupos, es decir, el tamaño relativo de cada uno de ellos en el total poblacional.
Los economistas Esteban y Ray han demostrado que el surgimiento del conflicto es aun más probable cuando la sociedad está bipolarizada y cuando dichos polos están lo más alejados posible. De manera que si en lugar de tomar medidas de desigualdad, tomamos como referentes los índices de polarización, la causalidad inicial se vería ratificada.
La desaparición progresiva de la clase media argentina es un hecho que ni los indicadores oficiales pueden negar, y por tanto la desaparición de este grupo que de alguna manera cumplía las funciones de “amortiguador” ha provocado un notable aumento del grado de polarización de nuestra sociedad. No tenemos que esperar el surgimiento de nuevos conflictos, pues ya están a la orden del día. ¿Qué esperamos para hacer un cambio?


Lic. en Economía
Profesora titular de la cátedra de Introducción a la Economía en la UCC.