Editorial
Es claro que la pobreza y la exclusión social son dos males enormes de nuestro país. La cada vez mayor cantidad de hermanos nuestros que no llegan a satisfacer las necesidades básicas es cada vez más preocupante. La cantidad de excluidos crece junto con la fragmentación social, la corrupción y las palabras vacías de ocasión que se lanzan desde diversos ámbitos sobre el tema.
Se habla de redistribución de la riqueza. Se polemiza sobre el tema: Gobierno, oposición, Iglesia, medios. Es claro que la única manera de que haya justicia y equidad es que quienes nada tienen accedan a mejores condiciones de vida y posibilidades (de trabajo, educación, salud, vivienda); y para eso, quienes más tienen deben ceder parte de sus apetencias de lucro, para que alcance para todos. El papel del Estado en este proceso es clave. Debe favorecer activamente este proceso, de lo contrario es cómplice de un sistema injusto.
Otras redistribuciones
Pero, para que haya redistribución de la riqueza, hay que hacer previamente otras redistribuciones. Una de esas redistribuciones, aun pendientes, es la redistribución del conocimiento.
El nivel de deserción del sistema educativo es grande y no se resuelve declarando voluntarísticamente la obligatoriedad de la enseñanza media. Las pruebas están a la vista.
Pero aun más exclusivo (y excluyente) es el acceso a la educación superior, en particular a la universidad. Un cuatro por ciento de la población logra ingresar a la vida universitaria. Eso quiere decir que el conocimiento se distribuye entre ese pequeño porcentaje, mientras que el resto de la población queda fuera.
Es verdad que dentro de las funciones sustantivas de la universidad se encuentra la extensión del conocimiento hacia la comunidad. Es sabido también que la mayor parte de las veces esta mentada extensión ocupa un lugar bastante postrero a la hora de las evaluaciones universitarias, de los planes de estudio y de las prioridades de gestión. Esto es así en la gran mayoría de las universidades de gestión pública y —peor aun—en las de gestión privada.
Además, no alcanza con “extender” el conocimiento, si esto no significa una inserción en la realidad social por parte de la universidad y los universitarios y si, además, esa inserción no se transforma en compromiso con la sociedad y los sectores más vulnerables.
Por eso, una de las asignaturas necesarias a cursar como universitarios es la redistribución de conocimiento. Lograr que el conocimiento que se produce, se enseña y se aprende en la universidad se involucre con los conocimientos de la sociedad no sólo a través de la formación de profesionales éticamente probos (que ya no sería poco), sino también incluyendo en el proceso de formación de los estudiantes y en la producción de conocimiento los problemas reales que sufren las grandes mayorías que no acceden a la universidad para que los universitarios y la universidad sean socialmente comprometidos.
Esto implica —en primer lugar— un modo de plantear la docencia, un enfoque que debe incluir preguntas clave sobre los porqués y para qués de lo que se estudia (por ejemplo: ¿a quiénes beneficia la economía que enseñamos, las leyes que aprendemos, la química que impartimos?). Pero además significa “mezclar”, de alguna manera, la docencia con experiencias clave de impacto social; hacer aprendizajes junto con comunidades que necesitan de ese saber que nosotros aquí enseñamos, aprendemos y producimos.
Un modo de redistribución
Por eso, la UCC tiene como eje fundamental de gestión el compromiso social del conocimiento que recibe el nombre de Responsabilidad Social Universitaria. Durante 2009, ha habido 24 proyectos que involucraron a más de cien docentes y a casi mil alumnos que interdisciplinariamente, en la mayoría de los casos, han realizado algún tipo de aprendizaje desde las problemáticas de algún grupo o comunidad desfavorecida. Algunos ejemplos: el “Proyecto integral de calidad sanitaria para disminuir la incidencia de parasitosis humana y animal en Aguas de las Piedras” (Cs. Químicas), “Promoción de la salud y participación juvenil” (Filosofía) o “Gestión asociada del desarrollo socio-ambiental en la región de Punilla” (ICDA).
Funcionan, además, regularmente siete programas estables en los que también participan docentes y alumnos aplicando conocimientos a necesidades sociales significativas y haciendo aprendizajes de los saberes de las comunidades; saberes no académicos, pero fundamentales a la hora de una formación universitaria contextualizada y sensible socialmente.
Algunos de estos programas son: el Centro de Atención Médica de Villa Libertador (Medicina), el Servicio social jurídico-notarial gratuito – Pedro Arrupe, sj (Derecho) o la Clínica veterinaria San Francisco Javier (Agropecuarias).
La política de investigación de la UCC está orientada con el mismo enfoque: no pretendemos solamente producir conocimientos por sí mismos, sino que intentamos responder a necesidades sociales que hemos identificado como áreas problema, a saber: discriminación, marginalidad y derechos humanos; medio ambiente y desarrollo sustentable; salud de las poblaciones y patologías prevalentes; tecnologías aplicadas; políticas públicas y prácticas institucionales.
En estas cinco áreas tenemos más de cien equipos de investigación. Hemos incorporado en el proceso de producción de conocimiento la preocupación por la difusión de los resultados a la comunidad y la participación, en la medida en que sea posible, de los actores y socios externos en la producción de conocimiento. Es decir, no sólo producir “para” resolver un problema; sino producir “con” los que van a ser beneficiarios de esos conocimientos. Algunos ejemplos: “Desarrollo de alternativas de mejoramiento de acondicionamiento térmico invernal y estival en los asentamientos de viviendas informales existentes en la ciudad de Córdoba por medio del aprovechamiento de las energías naturales” (Arquitectura); “Biodisco. Estudio de la Biorremediación de líquidos residuales a través de Contactores Biológicos Rotativos” (Ingeniería); “Representaciones sobre la escuela de jóvenes en situación de riesgo y vulnerabilidad social en la ciudad de Córdoba. Un estudio de caso.” (Educación).
Redistribuir es compartir
Esto va llevando a hacer permeable la universidad a la lógica de los más pobres, quienes tienen mucho que enseñarnos y ante los que tenemos una responsabilidad por el conocimiento que producimos. Esto va generando un proceso de interdisciplina y otro modo de plantearse la investigación. Vamos intentando redistribuir el conocimiento, dando y recibiendo.
Se podría decir más (por ejemplo de la participación de la universidad en instancias de elaboración de políticas públicas o en la incidencia en debates sobre temas clave a nivel social), pero baste esto a modo de presentación.
Volviendo al principio: sin redistribución del conocimiento no habrá ninguna otra redistribución posible. Por eso, las universidades tenemos una responsabilidad ineludible. En la UCC estamos intentando dar nuestra respuesta. Una respuesta que busca unir calidad académica y compromiso social.
