Pronto debemos volver a las urnas. El 28 de junio volveremos a ejercer nuestro derecho (y obligación) de elegir nuestros representantes en el Congreso de la Nación. En el caso de Córdoba debemos elegir diputados y senadores.
La pregunta suele ser ¿a quién votar? La lista de propuestas es variada. Pero en realidad creo que la pregunta más importante es ¿cómo votar?
El voto no es un trámite, es -debería ser- el resultado final de un proceso de discernimiento personal responsable. Un proceso en el que se piense primero en lo mejor para todos y luego en los intereses personales.
Los argentinos tenemos la tendencia a preocuparnos sólo por lo inmediato, nuestros intereses, nuestras conveniencias y poco más. Tendemos a desconfiar de las instituciones, los gobiernos, los emprendimientos comunes. El voto no se puede ejercitar desde esa lógica, de lo contrario será un voto sectario, interesado, miope. El voto debe discernirse en una mirada amplia; una mirada que involucre a todos: a los millones de argentinos que sufren la pobreza y la exclusión, a los desocupados, a los que tienen trabajos precarios, a los que esperan una argentina más justa.
Pero el voto no puede ser sólo un acto cívico bien discernido. El voto debe ser un momento
-importante- de un compromiso cívico constante. No puede ser nuestro único acto cívico. Una sociedad que vota y se desentiende hasta la próxima elección da los resultados que tenemos a la vista: exclusión social, impunidad, una institucionalidad dañada y un sistema de partidos políticos que se cae a pedazos.

Voto y responsabilidad
Pensar que con el voto ya hemos hecho suficiente es un error. El voto no nos exime de responsabilidad. No nos exime de construir día a día una sociedad mejor, no nos exime de participar, comprometernos en lo público, opinar y aportar soluciones.
La consigna irresponsable "que se vayan todos", que surgió en la crisis de 2001 y aún ronda algunas mentes oscurecidas, lo único que hizo fue dejar -una vez más- la política en manos de los de siempre. Que volvieron todos y con más vehemencia e impunidad. Por eso, si de verdad queremos que las cosas cambien, hay que involucrarse y eso implica correr riesgos, dejar la propia comodidad, comprometerse.
Las quejas por la bajísima calidad de nuestros representantes y por el pésimo funcionamiento de nuestro sistema institucional ya es un lugar común. Y es un acto de comodidad, una coartada, si esa queja no va acompañada de compromiso, de militancia, de trabajo para hacer de lo político otra cosa.

Lo que está en juego…
En estas elecciones, tal vez lo más importante que está en juego no sea la continuidad o no de un gobierno, ni la opción -mentirosa- de "no-sotros o el caos". Lo que está en juego es nuestro destino como ciudadanos, como actores de la vida política y no meros espectadores pasivos y quejumbrosos.
Votar es una acción cívica. Pero puede ser una acción vacía, irresponsable, descomprometida, o un gesto lleno de sentido que signifique el compromiso por participar, comprometernos y trabajar desde nuestro lugar para que lo político sea lo que debe ser: el espacio donde se trabaja por el bien de todos.
Hacer del voto un compromiso personal
-constante- por un país mejor, o seguir como estamos. Eso es lo que está en juego.